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© by Lelia Byron.

AS I LISTENED TO THE SOUNDS OF AN UPSTREAM CURRENT

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Olivia Tejiendo

Por Lelia Byron

Olivia teje, borda, y pinta sus diseños sobre diferentes telas. Para mí como artista es interesante entrevistar a otra artista. Hablamos sobre nuestro amor común por los colores vivos y sobre las dificultades para poder vivir de nuestro arte. Vistiendo una camisa bordada, una falda larga negra, y un cinturón trenzado, Juana se arrodilla y pasa una correa del telar alrededor de su espalda. El telar, que consiste de varias barras de madera y cuerdas, es tradicionalmente colgado sobre una rama gruesa de árbol para poder soportar la presión que ejerce el tejedor cuando trata de entrelazar los hilos de lana que forman un tejido. Actualmente, Olivia, quien es originalmente de Guatemala, cuelga su telar sobre las barandas de las escaleras de su casa en New Bedford. Olivia hace pasar un hilo de lana por debajo y por encima de las cuerdas del telar para formar un patrón. Luego utiliza otra herramienta para apretar los hilos. Mientras teje, cuenta cuerdas: veinte arriba, cuatro abajo, etc. Esto requiere mucha concentración pues la más mínima distracción puede arruinar completamente un tejido.

 

Olivia aprendió de su abuela a tejer cuando tenía siete años. Había visto cómo su abuela tejía su propia ropa y quiso seguirle los pasos. Sus colores, formas, y animales pueden parecer inventados porque son vivos e imaginativos, pero Olivia dice que todo, desde las formas, pasando por los colores y hasta los animales, es inspirado por lo que ella ve a su alrededor. Las mujeres de la aldea en la que Olivia creció, literalmente sacaban los colores que usaban para sus tejidos de la naturaleza. Por ejemplo, si a alguien le gustaba un tono de rojo específico en una flor, esa persona simplemente recogía la flor y la hacía hervir junto con la lana que quería teñir y que sacaba de su propias ovejas. Cada aldea tiene unos colores característicos que la diferencian del resto. Los colores importantes en la aldea de Olivia son el negro por la oscuridad, rojo por la sangre, verde por la naturaleza, amarillo por el sol, azul por ser el color del agua, y blanco por claridad.

Olivia teje los colores de la naturaleza que mejor reflejan su estado de ánimo. Actualmente cuenta con algunas personas que le ayudan a traer materiales desde Guatemala y le colaboran con la exportación de sus piezas a otros países del mundo. Dice que es muy difícil vender tejidos demasiado detallados, y que por ende usualmente vende telas ya hechas sobre las que ella pinta sus diseños. Hacer un tejido toma mucho tiempo: en un año puede hacer entre doce y veinte tejidos pequeños o cinco de mayor tamaño con diseños simples. Para terminar un solo tejido con un diseño demasiado complejo se puede tardar meses o a veces más tiempo. Sin embargo, ella prefiere hacer piezas grandes y elaboradas, porque tiene completo control creativo sobre cada detalle. En el futuro, a Olivia le interesa la idea de trabajar en diseño de modas porque quiere llevar más color y alegría a lo que la gente usa para vestir. 

 

Regresar a Guatemala sería imposible para Olivia pues hay sobre ella una amenaza latente. Huyó de Guatemala luego que su padre fuera intencionalmente envenenado y que hombres en su comunidad empezaran a hostigarla día y noche. Estos hombres trataron de irrumpir en su casa y la amenazaron de muerte si decidía denunciarlos. Olivia hoy se preocupa por el bienestar de su madre que aún vive en Guatemala. 


Le pregunto si la tradición de tejer es generalmente algo que sólo se pasan de generación en generación entre mujeres. “No necesariamente,” me dice, y me da como ejemplo una aldea cercana a la suya donde los hombres son famosos por sus tejidos elaborados. En su casa ella ya ha empezado a pasar la tradición a su hija. Para orgullo de Olivia, su hija, quien tiene la misma edad que Olivia tenía cuando empezó a tejer, ha comenzado a dar los primeros pasos en el mundo del tejido. Olivia dice estar feliz de saber que con su hija comparten el mismo interés y de ver que su hija se siente orgullosa de su herencia cultural. 

 

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados.

Adrian Y EL Centro Comunitario de los Trabajadores
Por Lelia Byron

Adrián nació en la región Quiché de Guatemala en 1972. En una región montañosa que describe como ni muy caliente ni muy fría, llegó a este mundo siendo despojado de su cordón umbilical de un machetazo. De niño disfrutaba cazar animales salvajes, jugar con animales domésticos, e inventar canciones. Gran parte de su infancia transcurrió con la mirada puesta en el cielo, temiendo a los helicópteros que merodeaban la zona por causa de la guerra civil. Cuando cumplió ocho años su peor pesadilla se hizo realidad: mientras caminaba con su madre, un helicóptero soltó una bomba que cayó a no más de veinte metros de donde él se encontraba. Dice haber visto las letras “USA” en el helicóptero. Luego del aturdimiento, Adrián recuerda sentir su boca ensangrentada y ver como los labios de su madre se movían sin producir sonido alguno. La bomba había dejado a Adrian parcialmente sordo. El helicóptero regresaría una vez más para continuar el bombardeo. 

 

Un tiempo después, Adrián y su madre serían capturados y torturados por el ejército guatemalteco por presuntamente pertenecer a un grupo alzado en armas. Eventualmente lograron escaparse, pero la violencia contra su familia habría de continuar. Luego de cumplir doce años, Adrián viajó a México junto a uno de sus primos, solamente sabiendo hablar K’iche’ y practicamante nada de Español. “Yo no soy latino,” me dice,  “soy maya.” En México, así como algunos años después en los Estados Unidos, sería recibido por gente que le recordaba que no formaba parte de ellos. 

 

Adrián llegó a los Estados Unidos entrando por Arizona. Al inicio fue difícil para él encontrar  trabajo y tuvo que dormir en las calles por un tiempo. Después de escuchar que en el noreste había más oportunidades, viajó a New Bedford, Massachusetts, en 1990. Adrián es tajante con las razones para haber venido a los Estados Unidos: “Yo no vine buscando el sueño americano, vine por la guerra en Guatemala.”

 

Primero empezó a trabajar para una compañía empacadora de pescado en donde sólo le pagaban en efectivo cuatro dólares por hora, y vivía de las tripas de pescado que eran desechadas. Había cerca de 150 trabajadores en la fábrica, todos inmigrantes indocumentados. Los trabajadores no contaban ni con equipos de protección, ni con instrucciones de seguridad, ni con seguro médico. Si a alguno de los trabajadores le ocurría algún accidente, usualmente por desconocimiento de las normas de seguridad o por ser obligado a cumplir tareas peligrosas, los supervisores le presionaban para que declarara que las lesiones habían ocurrido en casa y no como consecuencia de las labores en la fábrica. La compañía sabía de antemano los días en los que las autoridades iban a realizar alguna inspección a la fábrica, y sólo entonces se seguían ciertos protocolos sanitarios y de seguridad. Adrián eventualmente empezó a exigir algunas cosas como más medidas de seguridad, pero la respuesta de la compañía fue que para poder obtener esas peticiones primero debía mostrar sus documentos. 

 

Adrián es hoy en día el director ejecutivo del Centro Comunitario de Trabajadores (CCT). En el año 2007, CCT se formó en New Bedford, Massachusetts, con el propósito de ayudar a los miles de inmigrantes indocumentados que viven en la zona a obtener sus derechos. Esto a raíz de una redada en una fábrica local donde más de 360 trabajadores indocumentados fueron arrestados (ver: Juana y la Redada).

 

La primera vez que le comenté a Adrián mi idea para la serie de pinturas se mostró muy emocionado pues se había dado cuenta de que estas historias podrían llegar a oídos de un nuevo público. Dice que uno de los problemas más grandes que enfrenta la comunidad de personas indocumentadas es ser prácticamente invisible, y que por esa razón es muy fácil para algunas personas aprovecharse de ellos. Mientras hablamos presume orgulloso de los nuevos reconocimientos que cuelgan detrás de su escritorio. Dice que su reconocimiento más significativo es ayudar a los trabajadores a recibir el salario correspondiente a horas trabajadas que sin embargo no han sido pagadas; en otras palabras a recuperar lo que Adrián llama  “plata robada”. En lo que a él corresponde, Adrián espera poder empezar algún día su propio negocio. Cree que los mayas son los “verdaderos conservadores” del mundo y espera ver a un líder maya en el futuro. Adrián, que se describe a sí mismo como una persona religiosa y que habla tanto de catolicismo como de su religión maya, no está preocupado por alcanzar sus sueños personales y cree que su camino será aquel que el destino le muestre.  

 

** Quiché se refiere a una región en Guatemala y K’iche’ se refiere al idioma y comunidad.  

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados. 

Juana y la Redada

Por Lelia Byron

Había mucha nieve por todas partes y su hijo estaba enfermo, pero Juana sabía que si no se presentaba al trabajo el día 6 de Marzo de 2007 sería despedida. Juana llevaba trabajando para esta compañía productora de cuero en New Bedford, Massachusetts, tan solo un año cuando la redada ocurrió.

 

Ese día, Juana trabajaba como de costumbre cuando un grupo de individuos uniformados, algunos usando pasamontañas y portando armas de fuego, entró a la fábrica. Todo el mundo empezó a correr, al tiempo que los hombres uniformados gritaban “si corren tenemos el derecho a disparar.” Juana, que se encontraba trabajando con uno de sus primos, prefirió quedarse quieta. Uno de los agentes uniformados se le acercó y le pidió que le mostrara su tarjeta de identificación. Ella le mostró su tarjeta de identidad guatemalteca, a lo que el agente respondió, “a mi no me interesa esta m***da” y fue arrestada junto con otros 360 trabajadores. Juana quería regresar al lado de su hijo, quien ese día se encontraba con una niñera, pero los hombres uniformados insistían que su hijo era lo suficientemente grande como para cuidarse solo. El niño tan solo tenía dos años.

 

Juana y los demás fueron llevados en autobús a Boston.  Allí pasó la noche en un pequeño cuarto junto con muchas otras mujeres. Los oficiales constantemente la presionaron para que firmara unos documentos, y Juana, que no sabía hablar inglés y por lo tanto no podía entender lo que estos decían, prefirió no firmar. Uno de los oficiales le recomendó en español que era mejor no firmar esos papeles si tenía hijos. Posteriormente, Juana se enteraría de que lo que le pedían firmar era una deportación voluntaria.  Muchos de los arrestados sabían que ese día sus hijos se quedarían esperando en las escuelas y jardines infantiles pues ellos no podrían ir a recogerlos. Eventualmente Juana pudo hacer una llamada telefónica y así supo que la salud de su hijo había empeorado.

 

De Boston, Juana fue trasladada a Texas en avión. Durante el viaje le encadenaron los pies, cintura, y muñecas. Una vez llegada a Texas, ella y las otras mujeres que fueron arrestadas durante la redada fueron llevadas a un centro de reclusión para convictos. Allí los uniformes anaranjados eran para todos excepto para las personas indocumentadas que debían usar un uniforme azul. Los prisioneros en naranja hostigaban a las mujeres indocumentadas. 

 

Mientras todo esto sucedía Juana continuaba pidiendo que le permitieran estar con su hijo. Los oficiales le respondían preguntando por la dirección del lugar en el que el niño se encontraba, pero ella se negaba a dársela porque tenía miedo de lo que le podría pasar a su hijo. En total estuvo nueve días en Texas, y durante ese tiempo los oficiales la siguieron presionando para que firmara la deportación voluntaria que ahora estaba escrita en español. Mientras tanto en New Bedford, una de las personas que cuidaba a su hijo decidió llevarlo al hospital. Al enterarse de la situación de Juana, uno de los doctores que atendió a su hijo decidió escribir una carta a las autoridades pidiendo que Juana fuera puesta en libertad para que así pudiera hacerse cargo del niño. Después de esto Juana fue liberada y llevada de regreso a Boston; fue una de las pocas personas en la redada que pudo regresar a su hogar en Massachusetts. Una vez en New Bedford, se comprometió a reportarse con las autoridades todos los meses y a hacer una visita en persona cada seis meses.

 

Mientras me cuenta esta historia, no puedo evitar notar sus zapatillas de color rosado brillante. Es claro que los eventos que narra aún le causan dolor, incluso diez años después de ocurridos. Sin embargo, ella quiere compartir su historia para ayudar a otros a aprender qué derechos tienen,  a educarse a sí mismos, y a defenderse. Ella también quiere que los empleadores aprendan a respetar a sus trabajadores. Juana cree que la importancia de pelear por los derechos no es una cuestión de dinero. Es la de hallar justicia. Juana dice que no quiere quedarse “sirviendo a un patrón” toda su vida y espera algún día crear un negocio junto con su esposo donde pueda vender sábanas, morrales, faldas, y burritos.

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados.      

Limpiadores de Pescado: Rosa and Ruth

Por Lelia Byron

Ruth me dice que ella y Rosa son las “limpiadoras de pescado.” Estas dos mujeres trabajan para una compañía de procesamiento y distribución de pescado en New Bedford, Massachusetts. En su división, que consiste de siete trabajadores, ellas son las únicas mujeres. Mientras los hombres cortan, ellas “limpian” el pescado sacándole las espinas y la “basura.” Las dos mujeres, quienes se llevan trece años de edad entre sí, son amigas desde que Rosa empezó a trabajar en la compañía; Ruth fue la primera persona en ayudarle a aprender las cosas asociadas al oficio. Se ríen cuando me dicen, “Nos reflejamos la una a la otra.” Ruth es zurda y Rosa es diestra. 

 

En principio yo me iba a reunir con las dos amigas al mismo tiempo, pero Rosa llegó temprano a la entrevista. Cuando entró al cuarto, me sorprendió ver qué tan joven era.  Tiene tan solo diecisiete años.  Rosa llegó a New Bedford hace aproximadamente un año y medio. La menor de cuatro hermanos, me cuenta que su madre se había vuelto muy vieja para trabajar, y que su padre había fallecido cuando ella tenía cinco años. A pesar de que su madre no quería que se fuera, Rosa quería apoyarla económicamente. Le pidió a dos de sus hermanos que ya estaban viviendo en New Bedford que le ayudaran a reubicarse en los Estados Unidos, con la esperanza de poder obtener una fuente de ingresos. Recientemente, en el trabajo, el supervisor de Rosa empezó a expresar un interés sentimental en ella, pero cuando ella se negó a corresponder, el supervisor hizo que su jefe la despidiera. Una joven reservada, Rosa me cuenta estas cosas de la forma más natural del mundo sin expresar mayor emoción. 

 

Mientras hablo con Rosa, Ruth entra al cuarto jadeando y se ríe al ver que Rosa ha llegado antes. Ruth dice que hasta hace muy poco ambas pasaban la mayoría de los días trabajando entre risas y charlas, hasta que su supervisor empezó a hostigar a Rosa. Ruth irradia calidez y simpatía, y es fácil imaginarse a las dos amigas en el trabajo. Vino a los Estados Unidos desde El Salvador cuando cumplió los diecinueve años. Tiene dos hijos de ocho y once años que van a la escuela y a los que les interesa las matemáticas y las ciencias; a Ruth le gusta jugar básquetbol con ellos. De una familia de once hermanos, Ruth describe su casa en El Salvador como “bonita,” pero dice que es feliz donde vive en este momento y no extraña nada de su país de origen. 

 

El horario del trabajo como “limpiadoras de pescado” es de doce a dieciséis horas diarias, tres días a la semana y con un descanso para almorzar de treinta minutos. Días más largos usualmente traen con sigo más presión sobre los empleados por parte del supervisor para trabajar más rápido. Los trabajadores son informados del horario para los siguientes días por teléfono. Incluso en esas condiciones, Ruth dice que el salario y el trabajo en sí, son mucho mejores que los que podría encontrar en El Salvador.

 

En el futuro, a Rosa le gustaría encontrar un trabajo como tejedora pues cree que es más sencillo que limpiar pescado. Por otra parte, Ruth me dice que su sueño último en la vida es ayudar a la gente y ser “la mejor mamá del mundo.” En los últimos años, dice que ha empezado a aprender “lo que es justicia, lo que es hablar en voz alta, y lo que significa apoyar y defender a los compañeros.”

 

Mi entrevista con Rosa y Ruth es una de las primeras que hago para esta serie de pinturas. Tuve la idea de hacer estas pinturas después de leer un artículo en un periódico local sobre fábricas de procesamiento de comida en Rhode Island. Inmediatamente me interesé en el tema y me surgieron interrogantes. Quería saber quiénes son los trabajadores de estas fábricas y empecé a contactar a algunas personas. Esta exposición es el resultado de un año de pinturas, entrevistas, y escritura.

 

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados. 

Camilo y su Hija

Por Lelia Byron

Conocí a Camilo durante una reunión de trabajadores que habían sido recientemente despedidos de una fábrica de comida gourmet con sede en New Bedford.  Esta empresa comercializa sus productos en varias tiendas y restaurantes, incluidos algunos en Providence. El cuarto donde se llevaba a cabo la reunión estaba lleno de trabajadores sentados en sillas plegables alineadas alrededor de un círculo. Los trabajadores escuchaban a Adrián (ver: Adrián y el Centro Comunitario de Trabajadores). En el cuarto había cerca de veinte hombres y una mujer con edades que oscilaban entre los quince y los cincuenta años, todos ex empleados de la empresa de comida. “No les puedo decir qué es lo que tienen que hacer,” expresaba Adrián al grupo. “Ustedes tienen que decidir lo que quieren hacer,” les decía a los trabajadores mientras debatían si lo mejor era organizar o no una segunda protesta. Con la primera protesta no habían logrado recuperar sus trabajos. La protesta había tenido lugar unas pocas semanas atrás, en un día que había sido pasado por nieve. Aunque habían trabajado para la empresa por años, seguían siendo trabajadores temporales y eran contratados por una agencia de intermediarios. En la protesta, representantes de la compañía comunicaron a los trabajadores que podían volver a solicitar sus trabajos directamente con ellos (sin usar a la agencia de intermediarios) y les dieron algunos formularios de aplicación. Sin embargo ninguno de los trabajadores había sido contactado después de completar la solicitud. Camilo había trabajado para esta empresa doce años. Su trabajo consistía en ayudar a descargar los productos frescos una vez llegaban a las bodegas.

 

Al final de esa reunión le expliqué al grupo de qué se trataba mi serie de pinturas, y Camilo fue el primero en ofrecerse a reunirse conmigo hacia el final de esa misma semana para llevar a cabo una entrevista. El día que me reuní con él fue un día cálido de primavera contrastando con el clima del día de la protesta tan sólo un par de semanas atrás. Camilo llegó a la entrevista vistiendo pantalones cortos y en compañía de su hija quien pacientemente esperó a que le hiciera algunas preguntas a su padre. Ella es una de los dos hijos de Camilo.

 

Camilo, de 34 años, llegó a los Estados Unidos proveniente de Guatemala en el año 2003. De etnicidad Maya K’iche’ y originario de la región Quiché de Guatemala, su familia tendría que mudarse hacia la costa para escapar del genocidio. Durante la guerra que duró cerca de treinta años, un número estimado de doscientos mil civiles, en su mayoría indígenas mayas, fueron asesinados. En su nuevo hogar en la costa, Camilo y su familia empezarían a hablar sólo en español, pues aquellos que hablaban el idioma K’iche’ eran discriminados. En 1995 cuando la guerra estaba a punto de terminar, Camilo y su familia regresaron a su tierra. Años más tarde, Camilo se mudaría a los Estados Unidos por razones económicas. Hoy en día Camilo sólo puede recordar algunas palabras en K’iche’.

 

A Camilo le hubiera gustado ser un traductor o un oficial de policía. Le gusta cómo suena el inglés y lo estaba aprendiendo a hablar en un centro de idiomas local hasta que tuvo que abandonar las clases por cuestiones de horario. Le gustaría no tener que trabajar en una empresa como la que lo acaba de despedir toda su vida, especialmente porque allí no contaba con vacaciones, feriados, beneficios, u horas extra. No es muy optimista sobre las posibilidades de trabajo para el futuro. Cuando le pregunté cuáles eran sus sueños para el futuro, me dijo, “Mis sueños ya me han abandonado. Los sueños son ahora para mis hijos.” 

 

** Quiché se refiere a una región en Guatemala y K’iche’ se refiere al idioma y comunidad.  

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados. 

Luis Supervisando la Finca

Por Lelia Byron

Después de días de caminar por el desierto sin comida ni agua, Luis, que tenía dieciséis años en ese momento, llegó a Phoenix, Arizona. Allí tomó un avión a Providence donde uno de sus hermanos trabajaba. 

Luis es distinto a las demás personas que he entrevistado, pues es el único que realmente habla con emoción de su trabajo. También es el único que llegó a obtener el rango de supervisor. Hasta sólo hace muy poco, trabajaba en una compañía de comida gourmet con sede en New Bedford, y cuyos productos son vendidos a tiendas y restaurantes, incluidos algunos en Providence (ver: Camilo y Su Hija). El, junto con otros cuarenta trabajadores fueron recientemente despedidos. Luis había trabajado para esta compañía por trece años. Cuando llegó a trabajar allí, su jefe era nuevo y no tenía mucha experiencia en el trabajo relacionado con el campo. El, en cambio, había trabajado en la finca de su familia desde que tenía trece años, y dada su experiencia, su jefe rápidamente le ofreció un cargo de supervisor.

Luis, que es originalmente de Guatemala, siempre disfrutó estar al aire libre. Empezó la escuela cuando tenía ocho años, pero dejó de ir cuando cumplió trece. Su padre necesitaba que empezara a trabajar en la finca cortando milpa, frijoles, y verduras los cuales eran posteriormente vendidos en San Andrés, Guatemala. Luis era el del medio en un hogar de seis hermanos y seis hermanas, quienes hablaban entre sí en K’iche’. Luis sólo aprendería a hablar su segunda lengua, español, en la escuela. Cuando cumplió los dieciséis años, y dado los problemas económicos de su familia, Luis decidió dejar Guatemala. En sus propias palabras “No había plata para nada”. Pensó en todo lo que su padre había hecho por él y se dijo a sí mismo, “Voy a hacer por él lo mismo que él hizo por mí.”

 

Hoy en día, Luis vive con dos de sus hermanos en New Bedford. Uno de ellos trabaja en una empresa de recolección de basura mientras que el más joven es estudiante. Luis dice que nunca regresaría a Guatemala, pues según él, “si uno regresa la gente trataría de matarlo porque creen que todos los que viven en Estados Unidos se vuelven ricos.”

 

Me muestra fotos de sí mismo posando orgulloso en un invernadero y conduciendo diferentes tractores. También me muestra fotos posando frente a filas y filas de tomates frescos. “Yo hice el trabajo como si fuera mi propia tierra,” dice. Sólo hay una pregunta que realmente le gustaría que alguien le respondiera—¿por qué lo despidieron de su trabajo?

** Quiché se refiere a una región en Guatemala y K’iche’ se refiere al idioma y comunidad.  

** Algunos nombres de personas y lugares han sido modificados.